Maiorum imagines


Tesoros del Museo Británico

Introducción

Durante los muchos años que llevo desarrollando los temas que acontecen con la antigüedad clásica, he ido aprendiendo a comprender que movía a los hombres y mujeres de Roma, sus propósitos, sus filias y sus fobias. Es cierto que con nuestra mentalidad, resulta difícil entender ciertos comportamientos que hoy por hoy están acertadamente erradicados, pero la percepción de la mortalidad en la época clásica es un aspecto que siempre me ha llamado la atención, no tanto por su significado sino por su ostentación pública.

Hace tiempo, mi madre, criada en una población de la Mancha, me explicaba como celebraban los sepelios cuando era niña, de como se sobresaltaba por la actuación pagada de las plañideras o de como el féretro recorría sobre un coche de caballos negros, las calles hasta el camposanto, esa imagen tan oscura, trágica, pero no tan antigua, escasos 60 años, me lleva a pensar que no se ha cambiado tanto.


El caso es, que en Roma, debido a sus influencias etruscas, se desarrolló un sistema de veneración ancestral a los antepasados ilustres, que de alguna forma se asentó hasta nuestros días, variando muy escasos aspectos, algunos prácticamente imperceptibles.

 

Tesoros del Museo Británico

Precedentes

En casi todas las culturas antiguas han existido las máscaras ceremoniales, bien representando dioses, espíritus u hombres, estas máscaras servían para conectar o con la divinidad o con el difunto. Los portadores eran eminentes personalidades que se habían ganado el derecho o el honor a llevarlas, pero en Roma adquiere un significado diferente y se muestran en público en una mezcla de solemnidad y orgullo.

Las "Maiorum Imagines" son imágenes de los rostros de los antepasados familiares ilustres, estas máscaras que en sus orígenes eran de detalles más toscos y simples, se fueron transformando en auténticas réplicas ya que se realizaban sobre el rostro del propio difunto, creando un negativo que posteriormente se rellenaba con cera.

(Las imágenes que contienen este artículo se corresponden con máscaras funerarias de época romana localizadas en Egipto pero no se tratan de las Maiorum imagines, éstas me sirven para ilustrar parcialmente y establecer un contexto al lector).

Originariamente, únicamente las familias patricias disponían de este privilegio, el por qué es simple, la ley fijaba que sólo aquellos ciudadanos que hubieran ocupado un alto cargo público eran merecedores de disponer de una de estas máscaras. Todo ello significa que en una Roma totalmente clasista, los patricios con apellidos ilustres eran los custodios de la gran mayoría de estos moldes, cuanto mayor número, mayor rango y viceversa.

 

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Ya con posterioridad, y ante las nuevas legislaciones por las cuales determinados caballeros o nuevos ricos podían acceder al Cursus Honorum, se amplió el número de máscaras en las casas familiares menos distinguidas y por decirlo de alguna forma se generalizaron más.

Digo bien, cuando refiero que éstas estaban en casa, pues la familia, custodiaba estas efigies de cera, en un armario de madera confeccionado para tal fin, situado en un lugar privilegiado y donde la gente pudiera rendirles culto y pleitesía.

Tesoros del Museo Británico
 

El armario se abría por dos portones y dentro se situaban por un orden temporal, muy parecido a un árbol genealógico. En sus orígenes las máscaras estaban colgadas o soportadas por peanas, con el tiempo las máscaras incluían cuello y parte de los hombros para asegurar que se aguantaran sobre los estantes. La máscara iba identificada con el nombre, cargo, distinciones, o títulos que el difunto hubiera ostentado.

Cuando uno de los familiares fallecía, se contrataba los servicios de un portador de la máscara con un físico parecido al del antepasado en cuestión y se le vestía con la indumentaria y color del cargo público que había ocupado en vida. Si se tenían 10 máscaras, 10 portadores, que en una procesión solemne seguía el cortejo fúnebre.

 

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Confección y exposición de la máscara

Tesoros del Museo Británico

 

Las máscaras como hemos comentado se fabricaban por un molde realizado al difunto, tras el secado del mismo se hacían normalmente dos máscaras, una para que la custodiara la familia y otra que se incineraba junto al cuerpo. Éstas se pintaban y decoraban dando el máximo realismo posible y creando auténticas réplicas exactas en relación al color del cabello o a los rasgos más representativos. 

Durante  el cortejo fúnebre, las máscaras portadas por los actores o el personal contratado, parecían cobrar vida propia, y aunque pudiera parecer que se mantenían en el séquito de forma silenciosa, lo cierto es que en multitud de ocasiones los portadores hablaban, o realizaban exclamaciones que les hubieran caracterizado en vida o en referencia al difunto. Esta dramatización que pudiera parecer a priori grotesca, es un ejemplo perfecto de la dimensión que adquiría para un romano la exposición pública. Tras ello, los portadores de las maiorum imagines se sentaban en un banco de marfil donde contemplaban la celebración funeraria, a modo de acompañamiento del difunto en su camino hacia la muerte. Tras la incineración, las máscaras eran llevadas a la casa y colocadas en su lugar junto a la del nuevo difunto.

Tan relevante es esa manifestación pública, que si el antepasado no cumplía con los requisitos del buen romano y hubiera sido despreciado por una actitud impúdica o amoral, su máscara era eliminada, pues no merecía el honor de ser recordado.

 

Quizás para nosotros sea difícil imaginar un final tan teatralizado, pero no hace muchos años, en los pueblos más profundos de España, existían ceremonias parecidas que demuestran que la muerte forma parte del colectivo social como la propia vida. También debemos reseñar, la técnica de fotografía mortuoria que se practicaba a principios del s.XX o la nueva modalidad de hoy en día en determinados países suramericanos de mostrar al difunto en una actitud de distensión practicando sus aficiones favoritas, mientras es velado y fotografiado por sus seres queridos.

Lo dicho, no hemos cambiado tanto...

 

Mireia Gallego

Abril 2016