Sobre la pertenencia

 

Nadie imaginaba lo que el 753 a.C significaría para la sociedad occidental, nada más y nada menos que un proceso de globalización únicamente comparable a lo que actualmente estamos viviendo a través de la economía y las tecnologías de la información, un sistema que daba respuesta a los problemas organizativos de una ciudad emergente y que, con gran asombro, se mantenía latente en todo aquello que tocaba.

En esas primigenias tribus prerromanas la concepción del individuo como parte de un colectivo estaba presente en forma de necesidad vital, una simple cuestión de supervivencia, pero lo que realmente hizo que Roma creciera exponencialmente en los siglos venideros no fue tanto su arquitectura, su arte o su literatura, sino su modelo de organización social.

Este hecho se corrobora con las actuaciones emprendidas por Rómulo en los primeros años y en la organización administrativa y política que algunos de los regentes sucesores pusieron en marcha, a fin de dar respuesta a las necesidades de una población creciente y cada vez más crítica.

Pero ese estricto órden de cuánto acontece en Roma no se hubiera perpetuado en el tiempo, sin el elemento más característico de los grandes imperios mundiales de todos los tiempos, el sentimiento de pertenencia.

 

Un claro ejemplo para entenderlo sería establecer una comparativa entre el modelo heleno y el romano. Si bien Grecia colonizó algunas ciudades del mediterraneo sobre todo Oriental, las contínuas disputas eran tan frecuentes que en más de una ocasión abocó a ciudades como Atenas y Esparta a una sangrienta guerra civil, hecho que debilitaba progresivamente las filas de ambos bandos y si cabe, acrecentaba el odio hacia el oponente.

Homero en la Ilíada ya da cuenta de ese carácter griego al mostrar cómo los diferentes regentes de las polis se disputan la gloria, el control o incluso el botín rival de una Troya compacta y homogénea, es decir Grecia era un grupo de ciudadanos pertenecientes a diferentes ciudades-estado que únicamente se unían en casos de extrema necesidad, pero aun en estos casos en qué peligraba la vida y la libertad de los helenos (guerras médicas), esa rivalidad entre polis no aseguraba la unión de todo el territorio. Una decisión entendida como inapropiada o un malentendido era motivo suficiente para retirar tropas o dejar flancos abiertos.

 

Es decir, los helenos tenían sentimiento de pertenencia, sí, pero únicamente reducido al extricto control de su polis. El motivo es sencillo, para un Ateniense ilustrado en las artes, la filosofía y la oratoria, la imagen del espartano era la de un rudo soldado sin modales, perfectamente preparado para la batalla pero sin razocinio, y a la inversa, los espartanos veían a los atenienses como a un grupo de filósofos incapaces de portar un yelmo con cierta dignidad en el campo de batalla. Sus costumbres, su arte, su educación era esencialmente equidistantes.

 

A pesar de que las tribus y ciudades conquistadas durante la expansión del imperio romano, se sublevaran regularmente, el hecho que todas ellas compartieran un mismo sistema organizativo ayudó y de qué forma, a someter bajo el yugo imperial, no a un país o a un territorio, sino a todo el mediterraneo. La pregunta sigue siendo, por qué?

 

Un romano, no era un nombre, era un apellido. El apellido marcaba la estirpe, un pasado glorioso repleto de defensores de la república como los Graco, Bruto, Catón...el de una gens tiránica ávida de poder... o quién sabe si una estirpe de grandiosos generales como los Escipiones o los Julios.

El por qué, tiene una sencilla respuesta, los romanos son ciudadanos, no entes individuales y se refieren a sí mismos como parte de un colectivo uniforme, SPQR "Senatus populusque romanus".

 

Unido al sentimiento de pertenencia debía haber sin duda un elemento complementario, el orgullo colectivo.

Los romanos consideraban bárbaro todo aquello fuera de sus limes y no ofrecían el estatus de provincia si no había habido previamente un proceso de romanización profunda que se iniciaba con las infraestructuras, la arquitectura, la religión y la lengua. Un ciudadano romano simplemente se sentía orgulloso de su linaje, de su historia y eso abarcaba desde los niveles mal altos del poder como el emperador, cónsules o senadores hasta el más humilde de los taberneros. Afirmar ésto de forma tan taxativa y generalizada es un acto muy arriesgado pero hay aspectos que nos llevan a dar la premisa por buena y vamos a justificarlo.

 

 

Un romano en su uso de cargo público, quería no, debía ser mejor que su predecesor u homólogo, si era necesario se empeñaba la fortuna familiar para tal fin o se solicitaban créditos que luego debían abonar con intereses que no siempre eran de índole económica. La construcción de un templo, un teatro, un edificio...no era sólo un acto de propaganda sinó un signo de identidad para dejar una huella en la historia o en la memoria colectiva. La propaganda entendida como publicidad tiene una fecha de caducidad muy reducida, sólo era aplicada en los numerosos banquetes que los cargos públicos ofrecían a la plebe o a la entrega gratuíta de grano, pero la construcción o restauración de un monumento era un legado dejado al pueblo romano para su posteridad, no con afán propagandístico sino como símbolo de orgullo patrio.

 

Una de las cosas que más sorprende es la fijación que los emperadores tenían en la restauración y ampliación de los monumentos dejados por sus predecesores, y ello nos da una pista de los motivos que les impulsaba a hacerlo que no era otra cosa que establecer un vínculo entre sus ciudadanos y su pasado. En las únicas ocasiones en que se procedía a la demolición de un complejo era cuando aquél que lo había construído no merecía el beneplácito ciudadano por sus actos políticos o cuando sirviéndose de su condición privilegiada había hecho una ostentación excesiva y en algunos casos excéntrica, el caso de la Domus Aurea de Nerón es un claro ejemplo de ello.

Realmente no es tan común encontrarse con un edificio desaparecido voluntariamente, era mucho más fácil eliminar cualquier vestigio de la persona o sustituir su efigie por otra más solemne, acto designado como  damnatio memoriae, y que fue aplicado en muchos monumentos romanos como el Arco de los Argentarios. La Damnatio memoriae también nos señala que todo cuanto se construye está hecho por y para el pueblo romano y que únicamente los merecedores de ese gran honor pueden tener un lugar en la historia colectiva, lo que nos lleva a pensar que eran esencialmente selectivos con su legado, todo aquéllo que podía influir negativamente en su historia era simplemente eliminado.

 

Los cientos de monumentos del imperio que hoy en día pueden contemplarse en Roma, principalmente en el Foro Romano, varían en una datación que oscila entre los siglos V- VI a.C hasta el siglo V de nuestra era. En prácticamente todos ellos, han habido remodelaciones posteriores para su conservación o ampliación, no importaba que hubiera sido construído en época monárquica, republicana o por los primeros emperadores, ni tan siquiera si su impulsor había sido un rico comerciante, lo que realmente importaba era que aquello que engrandecía Roma, tuviera una continuidad y que fuera digno de su estatus colectivo.

El sentimiento de pertenencia no se mostraba en la naturaleza del ciudadano romano sin más, era un elemento voluntariamente instigado desde todos los sectores de la sociedad. A pesar de que todo esto pudiera parecer que relega al romano a un simple número o estadística, nada más lejos de la realidad.

Uno de los aspectos que más sorprende de la vida de Julio Cesar es la cercanía con la plebe que cohabitaba con su familia en el barrio de Subura, el hecho que este hombre, al que le precedía una estirpe tan selecta, se interrelacionara con gentes de diferentes signos y clases sociales hizo que ya en su época de brillante general, fuera capaz de recordar los nombres de prácticamente cada uno de los legionarios que formaban parte de sus filas. Este aspecto que en principio no muestra relevancia alguna, sí ofrece un interesante dato sobre el hecho que no eran tratados como números, sino como parte de una grupo homogeneo de hombres que luchaban por y para la gloria colectiva de su imperio.

 

Podemos, entonces, asegurar que el sentimiento de pertenencia fue esencial para la construcción del imperio? La respuesta es rotundamente sí.

Establecer un paralelismo con los grandes imperios actuales es un buen ejercicio para enterder de lo que hablamos, pongamos el ejemplo de EEUU. Este país contiene tres aspectos esenciales que constituyen la formación de una superpotencia: supremacía militar, económica y tecnológica, lógicamente las tres están estrechamente relacionadas entre sí ya que los tres vértices forman una estructura que se retroalimenta, ahora bien, si pensamos en los EEUU como unidad social lo primero que nos viene a la cabeza es su conciencia de país y como no, la protección férrea de su estilo de vida a través de sus símbolos de identidad.

Independientemente del orígen, raza o incluso religión, el americano es el defensor a ultranza de un modelo establecido como el único válido y democrático, bajo esa premisa de poder y justicia se justifica absolutamente cualquier intervención militar o política.

Al igual que el imperio romano, el americano se sirve de su propia historia para enseñar a sus ciudadanos los valores de la Constitución y de la Igualdad de Derechos y esta semilla germinará a lo largo de los años a través de sus instituciones, su política y su tejido social.

El mismo paralelismo puede establecerse con el uso de la lengua, la globalización ha establecido de forma generalizada el uso del inglés como lengua vehicular entre transacciones, como lo fue el latín durante siglos.  Por tanto, qué es lo que diferencia a estas dos potencias tan distantes en el tiempo?

La pregunta tiene respuestas diversas según las trate, pero creo que uno de los aspectos esenciales es que la evolución general y actual de todos los países del mundo ha sido más o menos lineal en los últimos siglos, unos serán más fuertes económicamente hablando, en otros ha prevalecido la supremacía militar...pero fundamentalmente han seguido una evolución económica muy pareja que no marcan difrencias muy significativas. Si por el contrario intento pensar en los países colindantes con la Roma primigenia veo un crisol de culturas que divergen y mucho entre ellas, más de rango tribal que de imperio a excepción de la egipcia y la persa que podrían equipararse cultural, económica y militarmente. El hecho que el imperio se extendiera como si de una pandemia se tratara, en parte se debe a una supremacía cultural y militar instalada con mano ferrea en cualquier rincón pero que recaló tan fácilmente en los ciudadanos de provincia que con el tiempo se convirtieron en merecedores del rango de romanos, casi se podría decir que padecían el síndrome de estocolmo con mayor o menor fortuna.

En conclusión, el romano fue un magno imperio que se desarrolló en el mejor momento y en el mejor lugar y que aprovechando ese estatus de autosupremacía fue capaz de hacerse con el control de todo el mediterraneo, nada de lo explicado le resta importancia, bien al contrario ensalza las capacidades para aprovechar las oportunidades, y ese pragmatismo fue básico para un legado que sigue entre nosotros.

 

Mireia Gallego

Junio 2014